Llega el Otoño al barrio. Página de un cuaderno sin tapas


p/LR.- La tarde rojiza es un flechazo clavado en el pecho de un pájaro. Así llega,. sorpresiva, envuelta en nubes que reflejan otras nubes en ondas polícromas. Para los viejos, a espaldas de esa puesta de sol increible que aterra por la perfección con que va cayendo detrás del horizonte, están agazapados los vientos, los “idus de otoño”, con su carga de brisas y tierras; para los jóvenes, es el anuncio del otoño franco, sin hipocresías meteorológicas que escondan restos del verano enterrado y del invierno por venir. Es la estación del mohín, de los primeros fríos, de los labios enamorados reconociéndose en otros, y de estas tardes apocalípticas que pintan con crudeza de paleta el ritmo indetenible del tiempo.

Es una tarde de nubes urgidas por el viaje y la disolución. Tienen el rostro de seres queridos o la fantasmagoría de un sueño violento como un torrente y misterioso como un hada. Hasta el perro, que suele dormirse apoyado en una bolsa de arpillera, alza sus ojos y observa el espectáculo. O porque no alcanza a comprenderlo o porque lo comprende demasiado, se abstrae unos segundos, se yergue, da dos o tres vueltas y se vuelve a echar, sumergido una vez más en sus propios sueños, a veces corridos por el susto de un pesadilla.

Es probable que a esa contemplación profana siga la rebeldía sorda del que busca ignorar tanta belleza injusta y se aturda en una imprevista y rápida melancolía. Es lástima, porque a esa hora exacta, el cielo da en mudar de color. Con lentitud, se transforma en un circulo anaranjado, después en otro marrón y enseguida en una mezcla de azules y negros que preparan el camino de las sombras con suaves transiciones.

El perro busca un cobijo y los enamorados miran el resto de la puesta luminíca hasta que se funden en un abrazo vigoroso. ¡La vida recién comienza y queda tanto por andar!

Por este lado se ha impuesto la melancolía mansa e inútil. La noche, al fin, gana la partida.

A medida que pasa el tiempo, comienza a sentirse sobre la piel el suave rumor del viento y casi enseguida el polvo del camino echa a volar en remolinos. Es posible que mañana retornen las nubes envolventes con un mensaje nuevo.


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