Pequeñas historias. Carta de un vecino amigo


LR.-Querido amigo:  Le envio mi opinión y ruego sepa perdonar la falta del poder de síntesis. Debo decirle  que en nuestro módico código de gestos no existe ya la detención obligada en el umbral, ni el mlrar hacia las últimas estrellas en el amanecer de nuestro villorrio; le  confieso que no sé del color de ojos de mi vecino, ni de la muerte de la  suegra del cartero, porque cada uno es una pieza de reposición y cuando salte del circuito, por algún motivo, no faltará el que le dedique el olvido extremo.  No hay abrazos ya entre amigos en medio de la calle, ni observo a los vecinos  entretenidos a la puerta de sus casas en secretos cotilleos, y tengo para mi que la perrera municipal se ha alzado con todos los canes de la barriada, porque, por más que busco, no encuentro a ninguno en lucha con su pequeño amo en el jardín de su casa. De cuando en cuando, observo que un joven desgreñado, gigantesco y de mal humor, va tirando de las traillas de cerca de cincuenta perros a los que saca a pasear en jauría. Quizá usted piense que estoy loco y enfermo. No errará. El corazón me tiene a mal traer,  el corazón orgánico, mezcla de arterias y venas, pero también el otro, inasible pero real y la sombra de la locura puede influir en el todo, pero aquello que le estoy escribiendo es producto de la mas cruel de las experimentaciones: la propia.    Es cierto que no hay lunas, ni rios, ni soles, ni cantos bajo la lluvia, ni cochecitos empujados por orgullosas madres que llevaban a sus hijos a gozar del tibio sol del otoño. No hay nada de eso. Es más: no tengo médicos. Dicen que necesitan medicarme pero no encuentran el diagnóstico. Y mientras discuten, se pierden el placer de mirar por la ventana de la clínica para comprobar que un solo pájaro, sobreviviente de las crudezas del invierno, canta, único, en medio de un enorme árbol que Dios le puso en su camino para honrar ia vida. Ni más ni menos que eso.


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