De un vecino nostalgioso de La Boca a su amigo más fiel


p/LR.-AMIGOS

Va caminando contra la pared, encogido, mojado por la lluvia que castiga desde el este y se clava en la piel como un puñal; va caminando, ¡pobre!, y siente que sus costillas se hunden con el espasmo doloroso. ¡Y no puede correr! ¡Y por más que clame y llore, nadie vendrá en su ayuda!

Allí va, guardado en su recuerdo -¿o su memoria, o su instinto?-, bajando la barranca agreste de adoquines gastados, brillantes ahora por la lluvia que no cesa de caer.

Muchos inviernos le han llovido encima, muchos sufrimientos y mucha incomprensión. Pero hubo días -¡aquellos días!- en que algo parecido a la felicidad le inundaba por completo, unos ojos cálidos recorrían su cuerpo y una caricia dulcificaba el momento. Hubo días en que el cielo era ese estarse simplemente, dejarse suspender en el aire y mirar hacia la cara sonriente del sol.

Va barranca abajo, contra la pared. Allá adelante hay muros, una plaza de largas escaleras, el andén de la estación y, después, el río, el río ancho y marrón, y por el río, con lluvia o sin ella, debe estar retornando el viejo bote y junto con el bote la voz embreada del hombre haciendo vaivén en medio de la vieja armazón de madera.

-¡Acá llegué!- dirá una vez más y saltará a tierra. Acá está, a unos pocos pasos de la costa, a punto de volver cada día con la red lleno de pescado de río. Habrá un abrazo mutuo y treparán la barranca, despacito, como gustando el paso largo y quedo que los llevará a las alturas.

Va mojado, entregado a su nada de nebulosas y olvidos, con la espalda deshecha por el dolor. Resbalará tantas veces en las bajadas y otras tantas se levantará imperioso en aras de su objetivo.

Y al fin, cuando esta noche llegue al pie de la costa, oteará entre las sombras, ladrará hasta que se quede sin aliento, pero solo le responderán las olas del río revuelto, y el entrechocar de las hojas entre los árboles, y la nada. Echará a andar cuesta arriba, entonces, y tantas veces caerá y tantas veces se levantará, con los ojos grises y lejanos a la espera del bote y del hombre que una vez se despidió diciendo: “Vuelvo en un rato” y desapareció para siempre con un adios de voz embreada, mezcla de tristeza y de esperanza.

Cuando se escuche su último ladrido, se reencontrará en algún remolino del río con el amigo al que se tragó la noche costera.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.