Un gobierno que respeta el patrimonio cultural de nuestra comuna


MV p/LR.- Es grato reconocer que los últimos gobiernos han tomado conciencia de algo que es patrimonio incuestionable de los argentinos: Su historia.

Una historia no leída en gruesos libros de texto, ni en arduas conferencias. Una historia viva, una historia contada por viejos edificios que vieron transcurrir el inexorable paso del tiempo, manteniendo su presencia inmutable , siendo eternos vigías, testimonios de que lo nuevo se cimenta en lo pasado.

Los últimos años, desde el ejecutivo porteño y desde la legislatura se han tomado importantes medidas tendientes a preservar los valores arquitectónicos de la una piqueta manejada por la negligencia y el olvido.

Esta actitud respetuosa de la historia, sin renegar por ello de las ventajas de la modernidad, logrando un delicado equilibrio es agradecida por los vecinos que provienen de barrios como La Boca, Pompeya , Barracas, y la ciudad toda, que poseen un rico legado histórico en sus construcciones.

Un ejemplo de ello es el trabajo encarado para la puesta en valor del transbordador Nicolás Avelleneda, por ejemplo.

No es exagerado afirmar que los argentinos padecen de una suerte de desmemoria que se traduce  en la pérdida de sus pertenencias esenciales.  Quizá por afán de quebrar los límites en busca de la  inalcanzable zanahoria que siempre aparece allí adelante, en ese horizonte nebuloso que es genéricamente  el futuro, o porque el pasado es la simple consecuencia  del transcurrir del tiempo y lo que importa es el hoy, con  sus códigos de inmediatez y de aparente dinámica. lo  cierto es que toda expresión que no se relacione con el  momento que se vive es usualmente relegada al olvido.

Desde el punto de vista cultural, los argentinos hemos  perdido demasiadas cosas. En cada barrio, nuestra historia patria está escrita con gruesos caracteres. Siglos abrazan las sólidas construcciones emparentadas con la historia viva del país.  Sin embargo, pese al celo mostrado por los defensores  de las tradiciones populares -verdaderos espejos de  nuestra idiosincrasia-, vimos durante años que, al parecer, nadie  habría suscripto compromiso alguno que obligara a conservar antiguas y emblemáticas edificaciones .  Un relevamiento efectuado por estudiantes de ingeniería y de arquitectura, respectivamente, demostró hace  tiempo que la mayoría de las construcciones de estilo  situadas en nuestros barrios, destinados a la  explotación comercial o habitacional culminaron literalmente demolidas para levantar edificios en altura o  galerías comerciales. Los denominados “cascos históricos” concluyeron absolutamente depredados en función de un lavado modelo funcional y aéreo, sin que,  lamentablemente, las sucesivas administraciones tomaran cuenta de ello. Hoy, apenas si algunos centros  urbanos conservan contadas casonas que exhiben, a  contramano del tiempo y de las especulaciones financieras, una mínima parte de nuestra riqueza cultural.  De otras han quedado escenografïas de cartón exteriores y “pastiches” interiores, que camuflan la realidad  para “cumplir” con los tantas veces transgredidos reglamentos municipales.  Hace unos años, las fuerzas vivas se alzaron  en protesta para evitar que algunas fuesen  vendidas. Hoy, ante lo inevitable y en homenaje a aquella  cruzada contra la desmemoria, lo menos que puede  pedirse es que se respeten los símbolos de nuestro pasado insoslayable. Despreocuparse es barrer con nuestra esencia y dar pasos  a tientas, condenados a repetir incansablemente, en un  laberinto circular, los mismos errores.


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