De un vecino memorioso de Pompeya. Boliches en extinción


LR.- Arrinconados por los cafés al paso y los fast-food y desechados por los más jóvenes, los boliches de barrio (así llamados porque, desde antiguo, sus habitúes podían ingerir sus bebidas fuertes o infusiones preferidas y al mismo tiempo jugar a los bolos) famosos por sus mesas gastadas por el paso de los años y el frotar de vasos, pocillos y barajas, permanecen en pié, algunos a punto de morir como los árboles, y otros tratando de sobrevivir en una suerte de “aggiornamiento” que no desdeña plantas de interior, mesas de polietileno y sillas poco seguras que a veces quiebran sus patas y echan por el suelo con el cliente. Ya no cuentan con guitarristas al paso, ni copleros o dialoguistas. No hay ya posibilidad de que los menores aprieten su “ñata contra el frío, en un azul de frío”, porque los tiempos actuales no saben de paraísos esquineros y fracasos amorosos confesados.  Pocos consumen ya los clásicos aperitivos de otras épocas: Amargo Obrero, Pineral o Chinato Garda, y hasta los platitos repletos de cuadraditos de salame, queso, aceitunas y anchoítas han desaparecido. “A veces entra algún pibe y pide un licuado de banana con leche o un tostado de miga. Claramente yo le advierto: ‘¡ Pibe, no sigas pidiendo: en este bar solo se venden especiales de salame o mortadela con queso¡’” Se sabe, el mundo se nutre de mañanas y no de ayeres.


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