Un 19 de Mayo se fue el Bandoneón Mayor de Buenos Aires


L.R.- En un barco repleto de armonías zarpó definitivamente la noche alta del domingo 19 de mayo de 1975, cuando la madrugaba colgaba de los viejos cables eléctricos y el silencio era más pesado e inquietante, un inocente chiquilín de corazón bueno llamado Anibal Troilo. El Hospital Italiano, donde había sido internado de urgencia, era un afanoso ir y venir de médico y enfermeras, pero ya aquel gordo seráfico había decidido plantarse con las cartas que la suerte le había puesto en sus manos. Y murió, simplemente murió, mientras alguien recogía sus manos -¡sus manos!- en ese gesto de unción y rezo con que esperamos entrar por las puertas blancas de un gigantesco salón donde los ángeles dancen al compás de un tango. Las manos que hasta veinticuatro horas antes habían hecho quejar lastimeramente el bandoneón desangrandose en las notas de “Sur”, en la letra alucinada y certera de Homero Manzi prometiendo que “ya nunca me verás como me vieras, recostado en la vidriera, esperándote” y en la estrofa final -estrolada contra el vidrio de los sueños, finita en la ilusión- del “todo ha muerto, ya lo sé”.

El fueye por antonomasia, el dueño de la cosa, de la magia, del secreto, del enigma, había inclinado su rostro y descansaba de tantas madrugadas  insomnes, de tanta gratitud devuelta en sones, burilada con el esmero del orfebre que no pierde detalle de la obra y va golpeando lentamente con el cincel el noble metal hasta convertirlo, como un Pigmalión moderno, en sangre de su sangre, en arte de su arte.

Troilo había muerto junto a “Pichuco”, su otro yo, imposible sobreviviente del naufragio, y en gran medida había muerto el tango entendido como la fraternidad de abrazo largo como las sombras, estirado como un mate amistoso, a la medida como un traje cosido pliegue a pliegue. Y había enmudecido, además, la voz de la bandola, ese raro instrumento alemán que renegó de su orígen y se convirtió en un ciudadano ilustre de las dos orillas del Plata.

Parecía mentira todo aquello. Como si el increible surrealismo de Buñuel se hubiese metido por la ventana de la ciudad para jugar una travesura perversa. Y sin embargo era cierto. El Gordo había entrecerrado los ojos, como una y mil veces, pero el bandoneón permanecía silencioso, auscultando quizá la ausencia de respiración del hombre que inventó una manera de la ternura y la regaló a manos llenas. ¡Y Buenos Aires, tan descreída, tan errátil, tan olvidadiza, detuvo por un momento su andar atolondrado y sin destino para llorar una lágrima gris!

Troilo estaba volviendo, sin embargo: retornaba a esa estrella titilante del barrio de Palermo, a las caricias de su madre Felisa, a los picados entreverados en donde corría en busca del arco contrario -un árbol de los tantos que sombreaban el barrio- con la suprema delicia del que bebe de a sorbos. Después, ¿cuando no?, el fuelle comprado en cuotas; la acompasada sensibilidad para trasladar los dedos hasta dar con la nota justa, ese cross oportuno y sorprendente que llega al corazón.

Anibal Troilo fue músico. Pero un músico de tiempo completo, capaz de alegrar la mesa del improvisado pase inglés con la candidez casi irreal de su ternura. ¡Hasta sus gruñidos eran una provocación cariñosa para saciar ese hambre de cariño que las largas mesas y la entereza cómplice de su esposa Zita lograban contener!

Anibal Troilo había muerto. Pero quedaban en el aire los sones de sus composiciones, esas que todavía siguen teniendo impensable vigencia. Desde “el misterio de adiós que siembra el tren” de “Barrio de tango” hasta “Homero” o “Discepolín”, dos amigos enteros que lo precedieron en ese viaje sin pasaje de vuelta.

¿Fue “Pichuco” el gran virtuoso? ¿El mejor bandeonista que dio el tango? ¿El más inspirado compositor? Nadie podría acertar con la respuesta exacta. Baste saber que, sin Troilo, Buenos Aires hubiese sido una postal difusa, sin tiempos, sin calideces, sin rumores, sin la pasión íntima y envolvente de un sonido péqueñito que va cobrando fuerza hasta que se yergue con la potencia de un gigante y levanta vuelo como un barrilete al que se le “da píola” para que no colee. Esa combinación que hace posible que aquellas manos recogidas en un rezo le den vida a un ámbito totalmente blanco y transparente en el que dos angeles dan vueltas y vueltas al compás de “La última curda”, mientras los árboles de la calle Cabrera cobran más altura y tienden su manto de sombra protectora entre los que caminan por el empedrado que rozó apenas, con aire beatífico, el Bandoneón Mayor de Buenos Aires.

 


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