En la Ciudad: Pichuco inmortal retratado en los dibujos del maestro Sábat. Abrió una exposición en La Usina del Arte


anibal-troilo-pichucoHay en Buenos Aires un par de cachetes más famoso que todos los demás. Son los de Aníbal Troilo: gorditos, rosados, como cayéndose a fuerza de gravedad y soplando al ritmo en que se le mueve el bandoneón en las rodillas.

Durante el año pasado y este, el artista gráfico y plástico Hermenegildo Sábat le dedicó varias horas/dibujo a Troilo, uno de los varones del tango argentino.

Pichuco, un libro recientemen te editado por Eudeba, compila esos dibujos, cuyos originales pueden verse desde ayer en la muestra Pichuco, interpretación gráfica de Aníbal Troilo, en la Usina del Arte, en La Boca.

“Los libros de música que yo he hecho son devoluciones de atenciones: Troilo nos ha legado una cantidad enorme de cosas y esto es un modesto instrumento para devolver algo de lo que nos ha dado; era un hombre de una Buenos Aires que ya es irrepetible, así que más allá de la belleza auditiva que puede implicar, es un testimonio de una época que ya no existe”, dice Sábat, cuyo primer libro, de 1971, fue Al troesma con cariño y estuvo dedicado a Carlos Gardel.

Para esa época que ya no existe, la del esplendor de la Avenida Corrientes y las orquestas típicas del dos por cuatro, compuso Pichuco: “No sé qué música haría hoy Troilo; trabajó para el momento en el que vivió”, reflexiona Sábat, que en su libro incluyó un testimonio de Osvaldo Pugliese y frases del propio bandoneonista. En los textos y en los dibujos están sus vínculos musicales y amistosos con el “Polaco” Goyeneche, con Homero Manzi, con Enrique Cadícamo. Están las genealogías de tangos como “Sur”, “Responso” y “Los mareados” y la historia de cómo a Troilo “lo fajaron” –así, en lunfardo– con su primer bandoneón. Le cpbraron 140 pesos “de los de antes”, saldó siete cuotas y su acreedor se murió, así que lo demás fue un pagadiós.

En los dibujos de Sábat, al Troilo de corbatín y pantaloncitos cortos le cuelga el bandoneón como les cuelgan los baleros a los chicos. Al Troilo más grande, la noche y el alcohol le tiñen la nariz de rojo y en su bandoneón entran los siete colores del arcoiris: “Es una metáfora para representar que toda la música cabe allí”, dice Sábat, que escuchaba discos enteros de tango por la radio durante su adolescencia en Montevideo, que todavía escucha a Troilo cotidianamente y que elige “Cachirulo” como una de sus composiciones favoritas.

La muestra en la Usina del Arte se enmarca en la celebración que empezó el lunes por el centenario del nacimiento de Aníbal Troilo (verLos 100 años de una patria musical, pg. 62): sonaron bandoneones, hubo películas y, ahora, también los dibujos que lo evocan. “Acá tristemente hay que recordarle a la gente todos los días todas las cosas; la gente no se acuerda de Troilo ni de San Martín porque está corriendo y obsesionada con otras cosas”, señala Sábat, que en estos días también expone una galería de rostros anónimos en medio de uno sólo reconocible –el de Jorge Luis Borges– en el Centro Cultural Recoleta.

En algunos dibujos Pichuco se viste con la camiseta del River de su alma, en otros tiene una copa en la mano, unas veces se le nota mucho la gomina y otras le crecen alas: son las marcas de Sábat para recordar que su dibujado ya no está entre nosotros: Pichuco murió en 1975. Pero a Menchi no le importa: “Troilo está al día; su mejor defensa son sus discos. Lo importante no es que la gente conozca su cara ni que sepa su apodo sino que lo escuchen”.