Crónica de un viejo periodista y vecino de Pompeya

 

p/LR.- DEL AYER.-  Yo salía del diario a esa hora indefinida en que no es noche plena ni madrugada declarada. A la hora de los silencios callejeros, de los focos mortecinos blanqueando la vieja calle empedrada. Los he visto treparse a los paquidérmicos tranvías que languidecían en la ciudad, ateridos de frío, abrigados con cartones que se colocaban sobre pecho y espalda afirmados por las percudidas tricotas. Alguno, cierta madrugada nebulosa, me extendió su diario todavía manchado por la tinta fresca y señalando la página de pedidos laborales, se sinceró: “¿Me puede leer los trabajos que hay por la zona de aquí hasta el centro?”. Alegó algo acerca de su vista pero luego, casi al oido para que no lo escucharan sus compañeros de infortunio, me susurró: “yo no sé leer, no tuve tiempo: pero tanto pego unos azulejos como manejo un telar; soy techista y pintor de brocha gorda. ¡Y en algunos lugares me piden que lea, cuando lo que tengo que hacer es pintar, revocar o hacer pozos!”.

El colectivo 270 repechaba la subidita que se hace cuesta desde el sur. Llovía, llovía mucho, pero, de todas maneras, la legión de “buscas” había quedado esperando junto a la expedición que los primeros ejemplares aparecieran por la boca de la moderna rotativa. Caminaban “chancleteando” por efecto del agua que anidaba en sus alpargatas boconas o en esos botines que ya no se ven más, acordonados hasta la media pierna, duros de amansar y generadores de callos. Pero ellos iban caminando en procura de ese trabajo anhelado que podía aparecer a la vuelta de cualquier esquina. Les brillaba la mirada con ese algo de esperanza que uno reserva para los instantes más dolorosos de su vida y avanzaban, avanzaban, como Tor, “contra viento y marea”

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