Pasó en mi barrio…pequeñas historias

 

MV p/La Región.-La lluvia golpeaba el rostro y yo intentaba llegar a la estación del subte y vos me esperabas en la otra vereda y desde la terraza de “Bon Giovanni” llegaba el eco de un acordeón y bailábamos, bailábamos, bailábamos, abandonándonos en el éxtasis como Jorge Donn en el supremo esfuerzo de “Los unos y los otros”, y a vos se te caían los anteojos para sol desde el bolsillo de la camisa color beige con charreteras y no te importaba, y yo te decía que pararas, que se me corría el rouge, y buscaba desesperada la puerta  -la salvación- y un ciego silbaba la Novena de Beethoven sobre el marquito de las puertas de tijera, y el cuaderno se iba deshojando y rodaba, rodaba por las escaleras, y yo lo veía convertirse en una tromba imparable que se estrellaría contra el muñón del inválido de guerra que pedía limosnas, y las espirales parecían muñequitos autónomos rebotando en los peldaños y convirtiéndose en pájaros brillantes a la luz de los fluorescentes, y la salvación quedaba lejos porque me mareaba y las luces comenzaban a girar y a girar y a girar y yo sentía que me tomabas por la cintura en el borde de la escalera y no sé si llegaba a caerme, pero me besabas el pelo, por detrás de la nuca, y yo sabía que nada sería absolutamente igual y que no hay repeticiones, y la lluvia echaba baldes de agua sobre la gente, pero la gente reía, y vos reías y yo también, locos todos, irremediablemente locos, absorbidos por la soberana locura de la insensatez, y de la insensatez la alegría golpeante en el corazón, y del corazón bajando a las piernas, y otra vez bailando, bailando, bailando, y uno pidiendo a gritos ir hacia las Tullerías y el otro reclamando un bistró del Barrio Latino, y a mi se me rompía el taco de un zapato, y me alzabas en brazos y me depositabas sobre el ventanuco de una tahona, y me quitabas el zapato y revisabas la lesión y hacías gestos graves y negativos, y mientras me volvías a besar, te herías con el filo de acero de la puntera y yo te sorbía el hilito de la sangre salada, y vos te reías, pero de repente me levantabas la cabeza, me mirabas a los ojos y te ibas sumiendo en una honda tristeza, como si estuvieras a punto de llorar, y yo no sabía porqué, tan felices estábamos, y buscaba el cuaderno con espirales para anotar la fecha y la hora, pero el cuaderno había volado y las espirales estarían bailando en el Sena, mientras la lluvia caía y caía, y yo pensaba que es malo ser tan felíz, y tu mirada se aclaraba un poquito, y la sangre cesaba de manar, mientras hacías un barquito que echabas a navegar por el canal de la calle en declive. Y una señora gorda e inmensa llevaba de la mano a un niño con un enorme globo rojo -como el de Lamorisse- y le golpeaba la mejilla con cortos bofetones que resonaban aun en medio del tránsito lento del anochecer, mientras le gritaba “¡cochón!” con gesto agrio. Y nos miramos una vez más y fuímos cómplices del niño que miraba para atrás y sonreía cuando hicimos burla de la señora grandota y ácida, y fue entonces que decidimos comprar una “baguette” enorme para saciar el apetito, y bebimos agua de una canilla municipal y nos dijimos tantas cosas que tuve miedo, y, de miedo, rabia por no saber disfrutar del momento, pero era felíz, muy felíz, y vos te reías de mis pasos irrregulares y del zapato roto y de los choferes de taxímetro que nos hacían burlas con sus risas de dientes picados y estábamos dispuestos a todo, porque nuestro espíritu era una alegría total, y cuando compartimos el “Gitannes” volamos con el humo, nos convertimos en voluta y en bruja para espiar desde los cielos y vernos en esa esquina lluviosa donde nos peleábamos por conservar una baldosa como espacio exclusivo.

Leo y releo esta carta y no puedo creerlo. Me resisto. Intento retomar las pocas líneas que demandó su texto, y no puedo.

Quiero cruzar la calle para llegar hasta el metro, para besar tus labios con un sereno gusto de sal, y me responden las bocinas. Tus brazos se abren para protegerme de la lluvia, para convertirme en bruja, para arreglar el zapato, para detener mi caída al pie de la escalera, pero no me tocan, no llegan hasta mí.

En algún lugar estarás esperándome para danzar frenéticamente al compás del acordeón y para morder un pedazo de pan. Pero trato de refrenar mi ansiedad. A la larga, créelo, es malo ser tan felíz.

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